La sociedad de la Pantalla: el nuevo rostro del individualismo mercantilista


Asistimos a la exasperación del enfrentamiento histórico de dos macrovisiones opuestas del ser humano en sociedad a las que denominaremos, a fin de facilitar el análisis, individualismo mercantilista y humanismo comunitario.
El primero entiende que la organización social debe garantizar las condiciones para que cada individuo pueda desarrollar sus capacidades autónomamente, sin regulaciones que limiten su libertad de acción (en particular en el ámbito económico), aún cuando sus actos repercutan negativamente en la vida de sus semejantes. La única exigencia a la que se somente es el respeto el marco legal establecido, el cual será convenientemente adaptado a los fines buscados. El individualismo mercantilista , casi inevitablemente, naturaliza la desigualdad social en tanto sostiene la creencia de que el acceso a bienes y medios de vida es básicamente resultado del esfuerzo personal de cada individuo y/o de la comunidad de pertenencia (y de sus antepasados, en tanto defiende los beneficios obtenidos de la herencia, lo cual revela una primera contradicción ).
El humanismo comunitario considera que el ser humano forma parte de un todo, en el que el bienestar de un individuo depende del bienestar común. De modo tal, busca que la organización social establezca condiciones favorables para el encuentro y la colaboración entre los distintos integrantes de la comunidad en pos del bien común.
El enfrentamiento entre ambas perspectivas se ha manifestado de distintos modos a lo largo de la historia. Aunque el predominio del individualismo mercantilista no deja de incrementarse, el humanismo comunitario, representado por movimientos sociales y políticos minoritarios, permanece vigente, a modo de equilibrio o contralor de los posibles excesos a los que puede conducir el individualismo capitalista. De tal modo, por ejemplo, las grandes luchas obreras de finales del siglo XIX y siglo XX permitieron la mejora de las condiciones laborales en Estados Unidos y en Europa occidental. Un siglo después, empresas de esos países, en búsqueda de la obtención maximalización de los beneficios, trasladaron su producción a países en los que la condiciones laborales permiten formas de trebajo semiesclavo y en países de sudámerica y Brasil perviven formas de servidumbre y trabajo esclavo. Salvo a sectores poco representativos, la trata de personas y la sobre explotación laboral no parecen generar especial inquietud.
Asistimos a la reafirmación de un mundo dual, crecientemente desigual, en el que la aspiración posthumanista a la inmortalidad biotecnológica convive con la muerte prematura de cientos de miles de personas de todas las edades cada año como consecuencia de la miseria y de la violencia política y/o religiosa. “Actualmente, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta.“ (Informe Oxfam 2016). Cientos de miles de personas en todo el mundo se ven obligadas a migrar buscando un mejor horizonte para sus vidas y la de sus familias. Huyen de la pobreza y también de los repetidos conflictos bélicos y las persecusiones políticas y religiosas que asolan distintas regiones del mundo… Y, en general, no son bien recibidos.
La autocomplacencia narcisista de los centros mundiales de poder económico conduce a la miseria, a la violencia y a la muerte a millones de seres humanos en todo el mundo. Mujeres y hombres de todas las edades, semejantes a cada uno de nosotros.

Diego Levis, mayo 2017

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