“Ni mejor ni peor, diferente”


“Ni mejor ni peor, diferente”
Por Diego Levis
La escena se repite, una, dos, infinitas veces en cualquier momento y lugar, en ámbitos públicos y privados, registramos imágenes fijas o en movimiento de lo que estamos viviendo. Fotos y videos que casi inmediatamente difundimos a través de las redes sociales exponiéndonos a la mirada de los otros… es decir, al juicio y al control social permanente. La privacidad es asunto del pasado. La vigilancia es consustancial a la cámara y a la pantalla, es ubicua.
Los celulares multifunción han hecho de cada uno de nosotros reporteros de nuestra propia vida llevando a sus límites la sociedad del espectáculo descrita en 1967 por Guy Debord.
En la vida, aún espectacularizada, no todo son alegrías y logros, muchas veces nos toca atravesar situaciones difíciles. Las más dolorosas son las que se vinculan con nuestra intimidad. El maltrato y las agresiones sexuales que sufren las mujeres son, seguramente, de las más difíciles de superar, en especial cuando, por pudor o por miedo, son guardadas en secreto.
Las facilidades que brindan los nuevos medios digitales para relatar nuestro día a día (lo que vivimos y lo que sentimos) permite que las víctimas de todo tipo de abusos y maltratos puedan descargar su dolor y su miedo contando lo sufrido y revelando quienes son sus abusadores con palabras e imágenes. Hablar, denunciar no es sencillo, tampoco por Internet.
El compromiso de la víctima, es claro, debe ser la verdad y no la difamación. El del público, el respeto y no la condena. El espectáculo del yo que ofrecen Facebook y otras redes sociales rara vez es ficción. La mentira y la mala fe de algunas personas movidas por despecho, venganza o el motivo que sea, no tienen que llevarnos a dudar del dolor de las víctimas.
Lamentablemente muchas veces la sospecha y la condena son moneda corriente y una parte significativa del público, fogoneado por “opinadores” profesionales, termina culpabilizando a las víctimas (en especial si son mujeres)
Por otro lado, cabe preguntarse, si más allá de la validez de la denuncia -legitimada en el dolor de la víctima- es socialmente aceptable exponer a una persona al escarnio público por un hecho privado por el cual no fue acusado penalmente.
La actual ruptura de los límites entre lo público y lo privado queda aquí expuesta en todo su dramatismo. Los nuevos medios modifican nuestro modo de relacionarnos y de percibir el mundo, dejando atrás convenciones que hasta hace poco considerábamos incuestionables. Ni mejor ni peor, diferente.

4 de mayo de 2015

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