Hacia una nueva comprensión del mundo


Hacia una nueva comprensión del mundo Fragmento extraído de La Pantalla Ubicua (Levis 1999/2014)

11863278_925043467558335_8472446790387578125_n¿Existe una gran diferencia entre nuestra cosmovisión del mundo y la de nuestros abuelos o bisabuelos? ¿Y en relación con nuestros antepasados grecorromanos? ¿Acaso tenía razón Antonin Artaud cuando en El Teatro y su Doble proclamaba que las obras maestras del pasado son buenas para el pasado pero no para nosotros, porque no corresponden a la “sensibilidad actual”? Pero en tal caso ¿cuáles son las especificidades de la sensibilidad contemporánea respecto a las “sensibilidades antiguas”? ¿Puede hablarse de una nueva racionalidad?
Lo cierto es que, al margen de diferencias en su formulación, los grandes temas que han preocupado a la civilización judeocristiana desde tiempos pretéritos perviven en muchos de los temores e inquietudes (y en el comportamiento) de nuestro tiempo. Si así no fuera, ¿cómo explicar el interés vivo que nos provoca el pensamiento filosófico y religioso nacido hace siglos, capaz de darnos indicios de lo que sucede en nuestro presente?. ¿Cómo comprender la emoción que nos producen poemas y novelas de todos los tiempos, que tantas veces nos hablan de nuestros propios sentimientos? ¿Y acaso no son el lenguaje binario y la racionalidad cartesiana muy anteriores al primer ordenador?.
Por esto, pensamos que más que de ruptura resulta más apropiado hablar de evolución y continuidad. Prolongación de la pulsión ancestral del ser humano por superar los limites que le imponen el espacio y el tiempo. Una búsqueda que de culminarse con éxito, habrá, sin duda, de modificar algunos de los grandes preceptos de la concepción que el ser humano posee sobre sí mismo y del mundo que le rodea. Sin embargo, existen ciertos indicios de que en el camino se han ido produciendo algunos cambios; aún demasiados próximos en el tiempo como para evaluar su verdadera repercusión.(…)
El mundo contemporáneo, cada vez mas uniformizado y mediatizado, está deviniendo difícil de comprender y de vivir para quienes conservan una relación con el saber basada en la búsqueda de la separación definitiva entre sujeto y objeto, entre naturaleza y cultura, entre realidad y representación, entre verdad y ficción (Munari 1990). Sin embargo, lejos de significar una amenaza general para el saber, la ausencia de certidumbres puede significar, en ciertos casos, la apertura de una nueva vía hacia las raíces del conocimiento, más allá de las falsas evidencias que muchas veces nos provee nuestra percepción sensorial inmediata, tan proclive a dejarse engañar por las sensaciones. (…)
mediosrealidadLa televisión – flujo continuo e ilimitado de información y de comunicación, convertidas en una mercancía que en su propio exceso va perdiendo, irremediablemente, su valor informati­vo- como otros medios, construye una “realidad” que se mantiene y se refiere sólo a sí misma.
La realidad mediática tiende así a convertirse en el punto de fuga de todo conocimiento, banalizando toda información, todo saber en la compulsión del entretenimiento. Neutralizando, hasta hacerla desaparecer, aquella otra realidad que transcurre fuera de los límites establecidos por los propios mass-media.
“(…)de hecho, la intensificación de las posibilidades de información sobre la reali­dad en sus más diversos aspectos vuelve cada vez menos concebible la idea misma de una realidad. Quizá se cumple una “profecía” de Nietzsche: el mundo verdadero, al final, se convierte en fábula. Si nos hacemos hoy una idea de la realidad, ésta (…) no puede ser entendida como el dato objetivo que está por debajo, o más allá, de las imágenes que los media nos proporcionan” (Vattimo 1994:81)1.
El mundo que nos muestran los medios arrastra dolor, confusión, violencia y tristeza. El desosiego, la desesperanza nos envuelven. Apenas hay lugar para la alegría de vivir. No es de extrañar. La tristeza, la angustia disminuyen nuestra capacidad de reacción. Convencidos de que la vida es dura y pesada, que el mundo es un lugar peligroso e injusto que nada podrá cambiar dejamos de ser actores de nuestra vida para ser objetos de temores inducidos que alimentan nuestros propios temores íntimos.
La realidad se convierte de este modo en una gran simulación multisensorial programada por los intereses de los poderes políticos y económicos, en la que tenemos absoluta libertad, siempre y cuando no salgamos de los limites preestablecidos. Como dicen Gilles Deleuze y Paul Virilio, los poderes tienen menos necesidad de reprimir­nos que de angustiamos, de administrar y organizar nuestros pequeños terrores interiores.­(…)

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