La cultura en la sociedad ciberista: industrias culturales vs. cultura compartida


A comienzos de la década de 1990 Giuseppe Richeri, investigador italiano especializado en temas vinculados con la convergencia entre telecomunicaciónes, informática y medios de comunicación, publicó un informe en el preveía el desarrollo de un nuevo paradigma para la distribución de productos culturales como consecuencia de la prevista expansión de las redes telemáticas, dando lugar a lo que denominó “redes mercado”. Estas nuevas redes, a juicio de Richeri, ofrecían a las industrias
editoriales una oportunidad importante para optimizar su funcionamiento y rentabilidad económica, disminuyendo notablemente sus costos, lo cual repercutiría en un descenso de precios con consecuencias beneficiosos en las posibilidades de acceso a  bienes culturales del conjunto de la sociedad .
Si bien las previsiones de Richeri acerca de la incidencia  del nuevo soporte tecnológico sobre la distribución de bienes simbólicos básicamente se cumplieron las industrias editoriales no supieron, o no quisieron, adaptarse a la nueva situación. Por el contrario, desde  que en 1998 comenzó la popularidad de Napster, servicio pionero de las redes P2P (par a par) de intercambio de archivos de música en formato MP3, las industrias culturales se han empeñado en combatir con inútil y desgastante empeño los usos y hábitos de los usuarios de las redes, decididos a utilizar las posibilidades que ofrece Internet (red telemática) para compartir, desinteresadamente en la mayoría de los casos, música, libros, fotos, series de TV y films, bienes cuyo valor deviene mayormente de sus contenidos simbólicos. Han pasado más de 10 años  desde que un juez estadounidense ordenó el cierre de los servidores Napster en defensa de los derechos de autor. Desde entonces, se han multiplicado las posibilidades de compartir contenidos culturales en la red al mismo tiempo que las acciones judiciales y legales para impedirlo o al menos dificultarlo. El derecho de los autores y creadores artísticos a cobrar por su trabajo no se debe confundir con las presiones y acciones de las empresas editoriales, supuestamente en defensa de los autores.
Nada será como fue. Intentarlo no tiene sentido. La nueva realidad tecnológica impone la necesidad de pensar nuevos modos de difusión y retribución de los autores (así como la industrialización impuso nuevas formas y reglamentaciones laborales)

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