Control y vigilancia digital: "Da igual ¿A quién le puede importar lo que yo haga?"


Muchos, aún cuando son conscientes que todo lo que hacen utilizando su computadora o su celular es de algún modo registrado por un sistema informático, minusvaloran la importancia de este control pensando: “Da igual ¿A quién le puede importar lo que yo haga”.
¿Es así? ¿Qué sucedería en el caso, no imposible, de que la extrema derecha del “tea party” o similares accedan al poder en EEUU? ¿Y en la Argentina? ¿Hemos perdido la memoria? ¿Pensamos realmente que no es posible la aparición de nuevas formas de totalitarismo? “1984” de G.Orwell y “El mundo feliz” de A.Huxley se sostienen, precisamente, en el conformismo y la pasividad de la población. El mejor control es el que no se siente como tal, el que integramos naturalmente a nuestros actos cotidianos, el que interiorizamos de tal modo que ni siquiera lo percibimos.
Aceptamos como propias las representaciones de la realidad que nos ofrece el poder (el mercado) – un modelo basado en el consumismo voraz de bienes, personas e imágenes – , sin percibir que de este modo entregamos nuestra libertad de pensar y percibir por nosotros mismos el mundo en el que vivimos. El mundo exhibido y vivido en pantallas, en apariencia, cada vez más visible y “oíble” pero menos “tocable”. La pantalla es un ocultador. Oculta todo aquello que queda fuera de campo – siempre más que lo que está dentro de escena. Oculta, recorta, mutila, deforma, desnatualiza el espacio y el tiempo y también revela aspectos de la vida que a simple vista no son visibles para el ojo.
Los tiempos de la vida no son los tiempos de la televisión, de los videojuegos o de la web y sin embargo, esperamos que nuestras vidas adquiera el ritmo cada vez más frrenético de los relatos audiovisuales.

Obnubilados por la pantalla proveemos nuestros conocimientos (insustanciales o importantes, lo mismo da) y nuestras relaciones personales a empresas que hacen de estos elementos su fuente de ganancias económicas, construyendo voluntariamente alrededor nuestro un cerco invisible pero casi infranqueable en el que quedamos atrapados.
Paradójicamente mientras la intimidad se revela como algo público, los espacios públicos de encuentro (la antigua plaza, la ciudad) devienen en espacios privados, propiedad de empresas de consumo de bienes simbólicos (empresas de internet y también centros comerciales -“mall” o “shopping center”)

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© Diego Levis 2011, Buenos Aires, Argentina.
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