TV abierta hoy: la disolución de la televisión


Autores: Por Julian Gorodischer y Juan Manuel Dominguez
Publicado en revista Ñ el 27 de noviembre de 2010

Paradoja del espectador encandilado
Un compilado de algunos de los rasgos que definen al “grado cero” del lenguaje televisivo contemporáneo: la repetición, el tedio, la mezcla de géneros y estilos, el chisme, el escándalo. Entre el “hipnótico peligroso” que es para sus críticos apocalípticos y el catalizador de sentires sociales que representa para los integrados, la TV produce efectos que perciben incluso quienes ni siquiera la encienden como telón de fondo.

La TV no existe –asegura Daniel Molina–. Ya no se la mira: se la lee en los medios, se la oye en la radio, se la comenta en el trabajo, se la discute en Twitter y hasta se la puede ver en YouTube. Enchástrense en las páginas que siguen: está lo que se descarta inmediatamente después de consumido, lo que muere al minuto después de su emisión, lo que se niega –en los hogares progres– en forma militante y reiterativa (ostentosamente), lo que se priva a los hijos con intención pedagógica y orgullo, lo que repugna, lo que ensucia, lo que mancha, lo que ofende a la Cultura –así con mayúsculas–. Paradójicamente, es el tema omni-conversado –sigue Molina– lo que irradia nuestra cultura y cuyos efectos perciben inclusive los que ni siquiera la encienden como música de fondo.

¿Qué nos pasa? ¿Qué me pasa? Se lo preguntan los autores que –sin embargo– no pueden dejar de ligar a la tele a su propia memoria personal, a su living, su merienda, su familia, tan vinculada a la infancia como ese jingle de una golosina o aquella comedia coral. Todos dejan escapar el gemidito que denuncia al mismo tiempo placer y asco, encandilamiento y repulsión, como Rafael Cippolini, sacrificado por Ñ para que se pase 600 minutos sin apagar la tele y concluya: esto se define en la constante modelación no de la condición humana, como quería Malraux, sino de la condición freak. Más aún: “Todos somos divinos freaks”, sentencia, describiendo esa presencia fantasmagórica del día a día. Aquí están, entonces, los tópicos, los personajes, las mitologías de esa zona devaluada, desencantada, sin el halo de la cultura letrada, que está ahí para entretener (o adormecer o hipnotizar, depende el cristal). Será un soma para los apocalípticos o un catalizador social para los integrados. ¿Sus tópicos, nos preguntamos? La obsesión por la estética, la acumulación, la ostentación, el chisme, el escándalo, pero narrados con una levedad que desdemoniza, con un oropel y un brillo que hasta los hace parecer deseables, queribles, familiares desde el millonario al delator, desde la sádica a la boba. Hasta el prejuicio, hasta el dedo acusador se llenan de fans en Facebook, de seguidores y banderas; hasta el escrache frívolo toma sentido de cruzada; la propaganada de ideas y productos se hacen discurso abusivo.

Esto es la escoria, que no repugna, que refresca, que hace menos intolerable la propia vida: hay uno siempre más ridículo, más zonzo, más imbécil, más maltratado, más escrachado, más excluido que uno. Encumbremos, entonces, a los “mediáticos”, esas criaturas –describe Juan José Becerra– que remedan a modernos Frankenstein que, sin embargo, no terminan de dibujarse. Desde el Johnny Bravo con varios toques en el rostro a la Barbie cuya artificiosidad se exhibe como triunfo, esto es un “salad bar” de tatuajes, rinoplastias y bótox que, de tan presentes, de tan hablados, de tan recreados en todos los horarios y soportes, convierten en bobo al ironizador, o al menos en ingenuo. El mediático ya no es el anormal, ni el freak es la excepción: omnívoro, omnipresente, nuestro lado oscuro, o luminoso, quién sabe.

Elenco fijo de personajes –apunta Marcelo Panozzo– que giran en falso sobre un número limitado de conflictos, generando situaciones que descolocan en serio pero que también resultan de una gracia bastante sediciosa. Aquí está el signo de los programas más vistos, desde al reality de encierro al de destrezas y/o habilidades: es donde se cruza “el espesor soporífero del espectador de nuevo cine independiente –define Molina– con una nueva forma de ficción que se cree tan real como la vida misma. Entonces, se instala un grado cero del lenguaje televisivo: ¿será posible aprehender algo de ese espíritu? De los textos que se incluyen en el Especial de Ñ, se desprenden unas cuantas pistas: la TV no cree en la diversidad –dictamina Molina–; hasta hace algunos años los programas de archivo reconocían una suerte de jerarquía orbital y se presentaban como satélites de los programas centrales, hoy ya no es así y los ciclos antes periféricos favorecen la continua proliferación de los mismos nombres y comentarios. Ahí está un mundo aparte que se naturaliza y universaliza ayudado por el tedio y la repetición: ya ni nos asombra, ni nos asquea, hasta lo leemos en la revista de las vanidades y lo vemos en el anuncio de publicidad, ese cuerpo, ese rostro que devienen en canto al horror mismo. Reinan el implante, el estiramiento, la transformación, el artificio, la transposición, la superposición, el aglutinamiento (de rasgos), transversales a la riqueza y a la pobreza (en el espectro que abarca a Ricardo Fort y a Zulma Lobato), pilares de un espacio definido por Luis Diego Fernández como “antiutópico porque yuxtapone lo incompatible, donde el límite siempre se corre un poco más”. Le pedimos neuróticamente –pasa con Showmatch y con la TV en sus términos más generales– eso de lo que carece: pensamiento. Es “el circo –nos recuerda Fernández–, no es grave que exista. Es más una consecuencia que una causa…”.

Esto es la mezcla, la impureza. No se sostienen (en la narración, la descripción, el análisis) el elitismo, la elevación, la autocelebración. Quizás sea ésa la atribución que más simpática les caiga a los autores convocados: esa zona de la cultura que está fuera de lo canónico, lo que hay que hablar y comentar y consumir, lo que no se confiesa en las encuestas de consumos culturales, lo que no ingresa a las reseñas, lo que se pierde, lo que se evapora y desaparece para volver, cada tanto, en un repaso minucioso –aunque extemporáneo– como los de la académica Mirta Varela y el crítico Carlos Ulanovsky– que van a los hitos recientes y lejanos para comprobar que todo cambia, pero no esa tendencia a sobreimprimir, fusionar, yuxtaponer, “novela y comedia –observa Nora Mazziotti–, nicho infanto-juvenil con dosis alarmantes de esnobismo y consumismo”.

Y sigue: el policial y el suspenso ahogan al melodrama. Hay más mezclas: hay asociación entre TV y nuevo cine argentino a la hora de estetizar la miseria; la ficción televisiva como instrumento eficaz para bajar el contenido testimonial. “A la extrema contemporaneidad de Okupas y Tumberos –dice Varela– le sucedieron innovaciones temáticas en esquemas retóricos muy tradicionales como Montecristo o Televisión por la identidad.”

Los cambios ocurren –analiza Oscar Steimberg–, se diseminan y profundizan en todos los géneros. “Las construcciones de personajes televisivos (como los de Capusotto) se revierten sobre la propia historia política y cultural.” La programación se fragmenta –agrega Adriana Amado Suárez– y los públicos aprovechan las ofertas de una pantalla multiplicada. Nadie puede mantener su atención fijada por mucho tiempo; “zapping” no es una operación sobre un soporte específico sino una palabra que califica a la percepción en términos generales, tan metida la TV en la vida diaria y la cosmovisión de lo cotidiano, tan arraigada a esos hábitos que reconocemos como esencia del hombre gris urbano contemporáneo: la aceleración, la insatisfacción, la intensificación de los vínculos mediatizados por encima de los lazos in corpore, un ser social e individual más fragmentado pero no menos monocorde, también monotemático, escin
dido, inmóvil, estático, desmovilizado.

Aquello de lo que habla este especial de Ñ es solamente contradicción y paradoja: discursos antagónicos pero compatibles: del otro lado de la pantalla, aferrado a ella, identificado con su escoria, agradecido, está un espectador en los márgenes, excluido del mandato de la productividad; es un desterrado: el insomne, el madrugador, el aburrido –se recuerda a sí mismo Martín Kohan, frente a la trasnoche de Aurora Grundig–, el que no lee, para quien la televisión está siempre disponible, incesante. Ella siempre está para ayudarlo a entrar en el sueño, para matizar la exclusión, para sacarlo de carencias en lo inmediato e incluirlo en la otra realidad donde lo grave es un escandalete armado, donde los gritos son parte de un show de la repetición que tranquiliza por su fijeza y su inmovilidad.

Fuente: Revista Ñ