Trazos de un país sin memoria


Esta mañana leí en Página 12 dos artículos que, por razones diferentes, me provocaron una gran desazón ante la situación de nuestro país. Un país empeñado en hacerse daño a sí mismo, en donde casi nadie pareciera asumir que el bienestar material y espiritual de cada uno depende del bienestar de quienes nos rodean.

En los últimos meses, antes y después de las elecciones, el transcurrir político del país me produce más escalofrío del habitual, posiblemente debido a que todavía conservo la memoria del país que viví en mi infancia y adolescencia, allá por finales de la década de 1960 y comienzos de la horripilante década de 1970, posiblemente la peor en nuestra historia durante el siglo XX.
Seguramente los muchos años vividos en el exterior han dificultado el desarrollo en mí de la necesaria caparazón para evitar ser dañado por la sucesión de amenazas veladas y a veces abiertas con que nos agasajan día a día algunos personajes y sectores de nuestra sociedad, empeñados en considerarse amos y señores del destino de todos los argentinos, desde la cima en que los colocan los medios de comunicación, otorgándoles un protagonismo desmedido, por razones en las que prefiero no pensar.

Alguna vez hubo una fábrica (Berazategui, Bs.As)

Entre tanto, mientras unos y otros discuten el reparto de la torta, gran parte del país (un país somos las personas que vivimos en él, no una abstracción) vive cada vez peor (la pobreza creciente, la tensión y la violencia cotidiana, la corrupción extendida, la falta de registro de nuestros semejantes, el sálvese quien pueda y sobre todo la falta de proyectos de futuro, aquello que algunos llamamos desesperanza).
Ojalá sepamos comenzar una etapa de construcción de un espacio común en el que todos podamos vivir con alegría. La falta de palabra, la desmemoria, la soberbia, el compadreo, la prepotencia y la hipocresía no son los mejores materiales para ello.

Artículos mencionados en el texto:
La solidaridad diluida por el agua – por Ailín Bullentini
Se vienen . por Eduard Aliverti