Apuntes desde la perplejidad.


El mundo que muestran los medios me produce una enorme perplejidad. Los hechos que relatan muchas veces me resultan difíciles de comprender. Me cuesta entender a dirigentes políticos que traicionan abiertamente el mandato que han recibido de los ciudadanos que los votaron y más difícil me resulta aún comprender porque muchos periodistas y muchos ciudadanos se felicitan de ello dando loas a la democracia cuando por sus actos y dichos desconocen su sentido. No comprendo a los que matan por matar ni tampoco a los que piden la muerte de los asesinos, los que cierran los ojos ante los hambrientos, ni la xenofobia creciente de los europeos y mucho menos la de los judíos israelíes que votan a partidos que proponen la expulsión de sus compatriotas árabes, la desmemoria de los ciudadanos del estado fundado por los sobrevivientes del horror nazi me pone los pelos de punta, casi tanto como quienes todavía hoy siguen discutiendo la existencia de las cámaras de gas y el asesinato en masa de millones de judíos. El aniquilamiento de la cultura idish del este europeo, triste y casi olvidado testimonio de esos crímenes.
También me produce enorme perplejidad la ingratitud y la falta de memoria de España, histórica tierra de emigrantes, cuando se empeña en rechazar la llegada de emigrantes venidos del sur. Siento perplejidad por la atracción que sienten millones de personas por programas de televisión que denigran a las mujeres, las chistes de gallegos, de judíos, de chinos o de negros y las bromas sobre los desaparecidos (asesinados, siempre me pareció más apropiado) por la dictadura cívico militar argentina. Perplejidad y también extrañamiento que los hombres todavía pensemos que la tierra nos pertenece y que consideremos que las mujeres son parte complementaria de nuestro ser, que el ser humano como especia se define por los deseos, hábitos, ideas y sentimientos del macho. Al menos así pareciera cuando vemos y escuchamos lo que nos muestra la televisión. Triste imagen la de esos tipos de gimnasio queriendo reafirmar su masculinidad en sus cuerpos de músculo anabolizados.
Perplejidad ante la promoción continua de la superficialidad y el escepticismo como actitud ante la vida y perplejidad ante la desvalorización que existe del compromiso con las propias ideas y con la vida de uno y la de los demás.
Estoy perplejo también por la banalidad con que se abordan los problemas buscando siempre soluciones mágicas. No comprendo para que ni porque tantas personas se operan la cara y el cuerpo buscando la belleza perfecta o la eterna juventud. Pocas cosas me producen más repulsión física que la máscara cruel en la que queda encerrada una mujer o un hombre con cirugías o con implantes de botox o de silicona en su cara.
Me inquieta la tendencia a buscar el enfrentamiento que parecemos tener todos o casi todos y la exaltación de la violencia que siguen haciendo muchos.
Me sorprende todavía la lucidez de quienes como Orwell y Huxley pudieron hace muchas décadas escribir con tanta precisión hacia donde iba la humanidad (“El mundo Feliz” y “1984” deberían leerse en todas las escuelas). Vivimos en una sociedad del espectáculo, tal como la definió hace más de 40 años Guy Debord, en donde todos queremos ser el centro de las miradas pero somos incapaces de ver al otro. Un mundo de vigilancia perpetua a través de pantallas siempre y ubicuamente encendidas, interconectadas mundialmente a través de redes telemáticas.
Un mundo injusto en el que los impuestos que pagan los trabajadores y los pobres sirven para salvaguardar un sistema económico basado en la desigualdad, la especulación, la simulación y el despilfarro de recursos materiales.
Alguna vez, muchas personas en el mundo tuvimos la esperanza en que la paz y la justicia terminarían por imponerse. Que la miseria, el hambre y la guerra desaparecererían.
El consumismo lleva en sí mismo la destrucción del planeta. Lo realmente importante es concentrarnos en mejorar realmente las condiciones de vida de las personas, de todas las personas. Una vivienda digna con agua potable y servicios sanitarios, alimentación equilibrada, servicios de salud, educación de calidad. El mundo está en condiciones de alcanzar este objetivo. Para ello nos lo debemos propone con actos y hechos, no sólo con declaraciones políticas de buena voluntad. En última instancia depende de cada uno de nosotros. De nada vale alarmarse por el cambio climático mientras instalamos un aparato de aire acondicionado en cada habitación de nuestras casas, utilizamos papel ultra blanco, compramos bebidas en botellas de plástico o pretendemos reemplazar el uso de petroleo por biocombustibles en lugar de usar menos el coche. Seguramente sea necesario restringir los niveles de confort, pero vale la pena intentarlo.
Intuyo que muchas personas en el mundo empiezan a darse cuenta que debemos empezar a cambiar nuestro modo de actuar. Espero no pecar de ingenuo. Me pasó otras veces…

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