Arte y mercado: Un artículo en ADN Cultura


Las turbulencias del tiburón por Jorge Fernández Díaz

Es curioso cómo los artistas plásticos tienen muchos menos complejos con el mercado que los escritores. Los primeros no tienen jamás dudas: realizan sus obras con honestidad artística y las venden con ánimo mercantil. Así de simple. Los segundos actúan, en cambio, como mujeres virtuosas necesitadas de aclarar a cada instante que no se dejarán prostituir por el mercado, lo que hace presumir que podrían hacerlo y que una parte de sus cerebros lucha contra la otra para no caer en la tentación. Por eso, mientras que nadie puede espantarse por las sumas astronómicas que se pagan por un cuadro, resulta sospechoso de mediocridad cualquier libro que se venda mucho. Bien es cierto, aclaremos, que ni los millones de dólares ni los millones de lectores garantizan por sí mismos la calidad y perdurabilidad de una obra. Tampoco todo lo contrario.

El tema de la perdurabilidad no es menor: todo artista desea secreta o abiertamente quedar en la Historia. Algunos logran el reconocimiento de sus pares; otros, la bendición del público, y un tercer grupo no logra ni una cosa ni la otra, aunque aspira a que el tiempo ponga las cosas en su lugar y las generaciones futuras reconozcan el error cometido y lo reparen.

Al mercado le importa poco la Historia. El mercado es presente en estado puro. Y el mundo de los galeristas y las subastas es el emporio de la cotización instantánea, una especie de Bolsa de Valores Artísticos en tiempo real, llena de impulsos de momento, modas, ojos clínicos, caprichos personales y, sobre todo, inversores de billetera generosa e intermediarios capaces de mucho. Los artistas, históricamente, han depositado en las grandes galerías el negocio. Hasta ahora. Hasta Damien Hirst, un artista arriesgado, para algunos un genio y para otros un mediocre marketinero.

Hirst ocupó en las últimas semanas la primera plana de los principales diarios del mundo y puso en tela de juicio todos estos dilemas y fenómenos. Joven británico, extravagante, ex cocainómano y merodeador de esa delgada línea donde el arte resbala hacia otras experiencias, se hizo famoso en todo el mundo por sus series de historia natural, donde animales muertos (ovejas, vacas, cebras o cerditos) son preservados y expuestos en formol. Su obra La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo es un tiburón tigre gigantesco, que flota eternamente en una vitrina. Y es ya un ícono mundial del arte moderno.

Más rico que Mick Jagger y Elton John, según aseguran las revistas especializadas, Hirst se hizo también célebre por sus obras que giran y sus “pinturas de puntos”, técnica muy vampirizada por el mundo publicitario.

Hace quince días sacudió el planeta al apartar a las galerías de las ventas de sus creaciones. Decidió directamente ponerlas en subasta en Sotheby s, con lo que consiguió que le pagaran doscientos millones de dólares por 223 de sus obras. Los intermediarios quedaron en estado catatónico y los detractores extrajeron nuevamente sus cuchillos. Arte y mercado, artistas o marketineros, vanguardia o fraude esnob, pintores y escultores versus galeristas e intermediarios. Como cuando explota un submarino bajo el agua y los restos ascienden violentamente a la superficie.

Van Gogh necesitó cien años para que sus girasoles se vendieran en 39 millones de dólares. Estas 223 obras de Hirst fueron hechas en los últimos dos años. La velocidad de legitimación del mercado, gracias a la tecnología y la globalización, es impresionante y cambia de hecho las reglas de juego.

Es por todo esto que la tapa de adn CULTURA está dedicada al hombre que cambió esas y otras reglas. Una producción que dirigió Alicia de Arteaga y que aborda, desde distintos ángulos, al artista y a los problemas implicados en su decisión.

jdiaz@lanacion.com.ar
La Nación, 27 de septiembre de 2008

Sobre la obra de D. Hirst:
Los espejos no mienten por Rafael Cipollini

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