La tecnología como espectáculo


Crítica de “Hulk, el hombre fantástico”
publicada en el Diario Crítica de Argentina, el 19 de junio de 2008

Si esta película es un peldaño para, de aquí a unos años, ver a los Vengadores de Stan Lee y Jack Kirby en la pantalla grande (en toda su colorida gloria, con el Capitán América, Thor, Namor y, claro, el superhéroe del año, el señor Iron Man), vaya y pase. Se puede hacer ese esfuerzo y se puede hacer con gusto. Ésa es una de las posibilidades. Como no es lógico que ésta sea una operación tendiente a exprimir la franquicia, ya que la maravillosa Hulk de Ang Lee (2003) fue un fracaso millonario, la otra es el honor: los Estudios Marvel intentando enterrar en el olvido al film de Lee con un Hulk revitalizado, recargado, reverdecido.
Entonces, la operación salió mal. Hulk, el hombre increíble es muy floja como “borrón y cuenta nueva” porque, ante todo, es muy floja como película. El director Louis Leterrier se coloca en las antípodas de Ang Lee y su exhibición de Hulk es casi obscena: Bruce Banner se enoja muy seguido y se pone verde todo el tiempo y, cuando eso pasa, al ser una criatura íntegramente generada por computadora, el quiebre que se produce entre la historia y ese manchón injertado es imposible de salvar. Hulk luce, en efecto, más realista que muchos otros muñecos CGI de los últimos años; eso se llama “avance tecnológico”, pero no es sinónimo de “avance cinematográfico” y obliga a repensar estos festivales digitales y su estancamiento. Al contrario de Lee, además, el director de esta nueva Hulk apuesta a la escalada de las escenas de acción, y por ese camino uno ya desde la mitad de la película está temiendo la puntual burocratización de la pelea final.
El film, sin embargo, comienza muy bien: Bruce Banner (un correcto Edward Norton) está viviendo en la Rocinha, la enorme favela de Río de Janeiro. La cámara recorre el morro y la seguidilla de casa no termina nunca, lo mismo que la persecución que se produce por sus callejones cuando el escondite del científico es descubierto. En ese comienzo brilla el nervio del director para la acción (ya demostrado en El transportador 2): todo está contado según el manual pero con un punto extra de aceleración, en veinte minutos diez meces mejor filmados que la torpe Tropa de élite.
El problema aparece cuando Banner muta en Hulk, y empeora cuando aparece el villano interpretado por un fatigoso Tim Roth, que busca inocular a su propio cuerpo con eso que tomó el grandote verde. Conclusión: doble dosis de monstruos, triple dosis de efectos y generación de bichos por computadora, personajes y secuencias enchastradas sobre la pantalla con gravedad digna de mejor causa. La acción y sus implantes ahogan los mínimos atisbos argumentales del comienzo: aunque el cuentito pretenda indicar lo contrario, no hay conciencia de Banner (o no hay atisbo humano) en ese Hulk animado, y así la cosa deriva a una especie de letárgico (aunque rimbombante) torneo de fisicoculturismo cinematográfico.