CHARLY GARCÍA, VÍCTIMA DEL CAMBALACHE MEDIÁTICO.


Un artículo sobre el tratamiento mediático de la última crisis de Charly García

Una norma elemental de respeto por el decoro visual evita que las personalidades del mundo de la política sean fotografiadas o filmadas cuando almuerzan o cenan, desayunan o toman la media tarde. No queda bien un presidente, o una presidenta, masticando un pedazo de carne, batallando contra un fideo demasiado largo para ser engullido de un solo bocado, mojando las facturas en el café con leche. Cuando alguien publica una imagen de un poderoso en una situación ridicula, usando escenas obtenidas de modo fortuito o accidental, está emitiendo una opinión sobre él, como una extensión de aquel viejo axioma que afirma que una buena foto vale más que mil palabras. Por eso no es gracioso si un anciano se cae al bajar de una escalera y en cambio si causa hilaridad un tropezón importante del rey Juan Carlos de España.


Una legislación, que convirtió en obligatoria una elemental norma de respeto por los otros, impide hoy en la Argentina la violación periodística de la intimidad de los famosos. Si alguien toma una foto de Susana Giménez desnuda en su bañera sin su consentimiento está transgrediendo una ley de respeto a la intimidad. El paso legal se tornó poco menos que necesario después de una serie de episodios dantescos, como la foto robada al dirigente radical Ricardo Balbín mientras agonizaba en un sanatorio, para su publicación posterior en una tristemente célebre tapa de la revista Gente, o la difusión por parte de una revista de editorial Perfil de retratos mal habidos de una recién nacida hija del tenista José Luis Clerc.

Los medios, aunque parezca mentira subrayarlo, debieron entender a fuerza de juicios que las imágenes de los hechos de la vida íntima de las personas no pueden ser hechas públicas contra su voluntad o sin su conocimiento. Igual se las arre-glan hoy para publicar fotos de menores ocultando sus rostros, en una vieja interpretación argentina de las leyes y las trampas. La impunidad periodística, que existe y se disfraza siempre de libertad de prensa, aunque su marco sea la libertad de empresa. Y una justificación patética: el supuesto interés de la gente por temas que consume porque ese es el menú obligatorio que le presentan, no porque los haya elegido en primera instancia.

Esta semana, un episodio policial vinculado a Charly García -uno más en la larga lista que acompaña su más bien declinante vida artística- generó una serie tan grande de violaciones a las normas elementales del decoro periodístico que una sociedad con conciencia autocrítica debería sentir vergüenza ajena aunque hoy no tenga como reaccionar ante estas situaciones o no encuentre como canalizar su descontento. De la misma forma en que ocurrió con la difusión de imágenes del ahorcamiento de Saddam Hussein, la existencia de una nueva tecnología, las fumadoras incluidas en ciertos teléfonos celulares, fue interpretada por funcionarios públicos como un vía Ubre para registrar escenas con las que los medios se hicieron luego su agosto en pleno junio, sin el más mínimo proceso de reflexión sobre el tema.

Con el agravante de que aquel que rodó su película casera sobre la caída en desgracia de un famoso, violando uno de los códigos que implican trabajar para el Estado, obtuvo dinero a cambio de la cesión de su tarea de voyeur electrónico.

En principio, para que nadie crea que se alienta alguna forma de censura a la libre expresión, o se pretende impedir la publicación de cualquier tipo de material, debe afirmarse que las grabaciones del músico insultando a los policías-médicos que estaban por internarlo por la fuerza en un hospital público, o las fotos de su traslado en camilla con el cuerpo inmovilizado, representan al derecho a informar lo que la pornografía representa al amor. Por un problema elemental de gusto, ese tipo de imágenes no deberían publicarse en los medios masivos. Pero si no bastara el gusto, debería acudirse a la reflexión sobre la condición humana. Es decir ¿le gustaría al gerente de noticias del canal, al director del diario, al conductor de radio que en caso de tener un accidente se expusiera así su intimidad? Si la respuesta es que no es lo mismo la intimidad de un famoso que la de otro ciudadano, está la ley para recordar, a todo el mundo, que en la Argentina no hay al respecto ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Claro que hay medios que prefieren publicar lo que saben ilegal, vender muchos ejemplares y luego llegar a un arreglo económico extrajudicial con los perjudicados, en un procedimiento que vulnera la lógica misma de cualquier derecho que no sea el de ganar plata a cualquier costo.

Las enfermedades de Charly (una neumonía de la que está recuperándose y una serie de adicciones con las que ha convivido toda su vida adulta) merecen un tratamiento respetuoso que está en los antípodas del comportamiento carnívoro de la mayoría de los medios, aun aquellos para los que el sensacionalismo es mala palabra. Parecería que el hecho de que García lleve adelante una vida tóxica y disipada autorizaría a ciertas empresas periodísticas a descalificarlo como ciudadano, violando sus derechos elementales bajo la percepción de que él debería estar, a esta altura, más allá del bien y del mal. No es así. Y por otra parte, la puesta en marcha de ese razonamiento pasa de largo algo central en la evaluación de su figura: se trata de un artista esencial de la buena música argentina de las última cuatro décadas. Que, además, tuvo durante la dictadura militar una serie de actitudes de valentía -registrada en sus discos, en canciones que hoy son historia, desde Alicia en el país a No llores por mi Argentina, pasando por Inconsciente colectivo y Los dinosaurios- que la mayoría de los periodistas no tuvo, y acaso haya envidiado en silencio.

Nadie debería amar a Charly por decreto, ni considerarlo un gran artista sólo porque otros lo dictaminen. No hay obligación alguna de compartir su alocado programa de vida, ni su adolescente decisión de llevar adelante para siempre una existencia basada en el ideal de sexo, droga y rocanrol, como si los agitados ’60 jamás hubiesen terminado. No se habla aquí de las virtudes personales que posea o sobre su generosidad como amigo. No es obligación entender su apuesta a la impunidad personal permanente o su interesada relación con una figura como el ex presidente Carlos Menem. Lo que la sociedad debería preguntarse es si está de acuerdo con que las intimidades de aquellos que atraviesan por un mal momento de salud sean expuestas bajo la excusa de la libertad de expresión, agraviando así no sólo al afectado en primer lugar, sino también a todos los que como espectadores pasivos se ven compelidos a consumirlas.

Maltrecho, vacilante, furioso, pasado de rosca, dopado, atado, internado, borracho, transportado a la fuerza o errático al hablar, Charly García puede causar bronca, tristeza, pena o rechazo, seguramente de acuerdo a la evaluación previa que se tenga de su obra y su personalidad. Los medios, que utilizando su imagen de rey en desgracia entretienen a los consumidores con una descarga permanente de basura informática disfrazada de necesidad de información producen, en cambio, nauseas, vómitos y una sensación de asco muy difícil de olvidar»

Por Carlos Polimeni
Fuente: Miradas al Sur

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