Vivir en el celular: la compulsión por estar siempre conectados


Las telecomunicaciones inalámbricas y en particular la telefonía celular, además de ser un gran negocio, están modificando a pasos acelerados nuestros hábitos y formas de comunicar. Cuando los primeros aparatos, caros y pesados, hicieron su aparición en el mercado era inimaginable que el uso de la telefonía celular alcanzaría, apenas dos décadas más tarde, la masividad que tiene en la actualidad. Menos aún se podía prever que el celular se transformaría en una suerte de baliza o antena de uso individual que, además de potenciar nuestra capacidad de comunicación, alimentaría la necesidad de muchas personas por sentirse en contacto permanente con su entorno social, independientemente del lugar en el que se encuentren. Al fin y al cabo, el celular de algún modo nos permite, cuan nómades, hacer del espacio que ocupamos en el instante de recibir o efectuar una llamada un territorio personal de uso temporal.

Es innegable que el uso del teléfono celular facilita muchos aspectos de la vida cotidiana. Son numerosos los casos en que esto es así. En otras ocasiones, en cambio, su uso indiscriminado puede provocar molestias o incluso situaciones de peligro. Es habitual encontrar personas que utilizan el aparato celular como un medio para tratar de reafirmar sus vínculos de pertenencia y así combatir la sensación de aislamiento, de soledad que, paradójicamente, siente el habitante de las grandes urbes. Ansiosos, vivimos pendientes de nuevas llamadas y nuevos mensajes de texto, cualquier motivo, por más intrascendente que sea, es bueno para llamar o escribir a alguien.

Es lo mismo el lugar y el momento, si suena el teléfono nos apresuramos a atenderlo indiferentes a la situación en la que nos encontramos y las personas con las que estamos. No importa si estamos conduciendo un coche, un colectivo o un camión, si estamos en el cine o en el teatro, dentro de un avión a punto de despegar, en una reunión de trabajo, comiendo con amigos, o con la persona amada, la llamada no puede esperar, como si de ello dependiera algo fundamental para nuestras vidas. Pareciera que no nos damos cuenta de los riesgos que afrontamos de provocar un accidente, perjudicar un negocio, desgastar una relación afectiva o sencillamente faltar el respeto y molestar a nuestros semejantes. Trabajo, hijos, familiares y amigos, viajes, parejas, siempre tenemos alguna justificación. Cuando suena el celular el mundo se detiene, hay alguien a quien le importamos y a nosotros también nos importa. Nos complace saber que no estamos solos a pesar de la hostilidad de la ciudad. Estemos donde estemos, en el momento que sea, podemos llamar, nos pueden llamar, aunque sea pasada la medianoche y lo único que necesiten sea preguntarnos nuestro signo zodiacal o si pensamos que mañana va a llover.

Antes, cuando no existían los celulares ¿Cómo hacíamos para vivir?

Diego Levis, octubre de 2007

Artículo de Diego Levis publicado hoy en el diario Clarín.